El norte es siempre el norte. Seco, muy seco. El sol se asoma la mayoría de los días, las nubes matutinas en la costa se disipan porque el sol siempre llega. La tierra se mantiene calma, se explota, es trabajo, es comida en la mesa. Descansa y nos esmeramos en no despertarla.

Sin embargo, cada cierto tiempo algunos fenómenos se hacen presentes. El clima sufre una especie de amnesia temporal y deja caer lo que para los habitantes es muchas veces un mito urbano.

En el norte no es una irresponsabilidad no limpiar las canaletas, tampoco tener nylon y menos un paraguas a la mano. Por lo general, el sol destruye los letreros, los destiñe, quema los techos. Aquí nunca es la lluvia. Mucho menos la llovizna, como algunos llaman a las precipitaciones que llegan a estas tierras.

Como si fuera un aviso, las primeras lluvias suaves se extienden por horas hasta mostrar las falencias. Los meteorólogos advierten que faltan más y que el martes será el peor día.

El lunes en Sodimac no hay tapagoteras ni espuma expansiva. «Agotado», informan. Todos queriendo nylon, todos llegando tarde.

El sol resplandece en el cielo, como siempre. Las calles se secan rápido y el barro también. En las ciudades del norte la advertencia fue clara y todos la entienden, deben subir al techo, acarrear sacos, cargarlos con arena. Los vecinos comparten un ritual tardío. Se saludan desde las alturas convertidos en maestros improvisados y se reactivan los grupos de WhatsApp de las comunidades dejando un registro de las deficiencias habitacionales.

Los suministros básicos se escapan con las primeras gotas; el agua se filtra por los recovecos de la cocina o del living, en los consultorios, en las academias, los gimnasios, los establecimientos educacionales; los materiales de las ampliaciones no son los adecuados, no están regulados; los transformadores chispean en los postes, se incendian; no hay colectores de agua lluvia, no se necesitan o tal vez sí.

El agua inunda, socava, se cuela por debajo de las puertas. El cerro amenaza con sus quebradas latentes, susurrando que no nos olvidemos que el mar no es el único peligroso en esta tierra multirriesgo.

La tan conocida DANA, Depresión Aislada en Niveles Altos, llega con inestabilidad. Vientos, lluvias que alcanzan lo equivalente a años, nevadas al interior, el deslizamiento de tierra se vuelve inminente. Arrasa con todo a su paso, vehículos siendo llevados por una ola que no sale del mar. Es el cerro recordándonos que la tierra también tiene ferocidad. Las quebradas se activan, las alertas suenan. El peligro está identificado, las zonas de riesgo también. Pero cuando el cerro despierta, todavía queda una pregunta que ningún mensaje parece responder, ¿hacia dónde corremos?

Las rutas quedan cortadas, pero el cielo se despeja y, como si nada hubiera pasado, el miércoles todo retoma su cauce. El cerro se vuelve a dormir, el cielo se apacigua.

Todo se termina con la misma velocidad que avanza el barro en pendiente. Sabemos que la prensa nacional también desaparecerá con la misma velocidad con que llegó, hasta que otra emergencia ocupe los titulares.

En el Norte Grande, en el desierto, el plástico asomándose sobre los techos queda a la vista, como un amuleto de fe, un manto de invisibilidad para que el cielo deje nuestras casas en paz, esperando que este territorio que jamás ha aprendido a mojarse pueda estar a resguardo hasta que el sol vuelva a secar el barro, a evaporar las gotas y a aplacar el temor por algunos años.

O hasta que el cielo vuelva a recordar que existimos en esta árida tierra y decida dejar caer sus largas lloviznas para despertar al cerro, creyendo que estaremos mejor preparados, con simulacros ensayados, con zonas de seguridad bien señalizadas y menos incertidumbre sobre hacia dónde evacuar. O probablemente no.

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