Todos los presentes exclamaron sorprendidos. El tour era en español; no es que no hubiera entendido bien el complicado acento escocés, solo no había escuchado por el ruido o, quizás, me había distraído mirando algo más en Grassmarket.
—¿Qué pasó? —pregunté en voz baja para disimular.
—Dijo que entraremos a verla —me respondió mi acompañante.
—Ah. Genial —fingí comprender.
¿De qué me había perdido que todos estaban tan entusiasmados? Apenas me había quedado unos segundos viendo una vitrina de la calle de al frente. Los guías turísticos siempre tan apremiados por el tiempo.
Entramos cuando fue nuestro turno; todo pasó tan rápido. Apenas un vistazo. El espacio era estrecho. Observé la pequeña bolsa de cuero, diminuta, y salí sin opinar. El tour seguía y nos dirigimos a otro lugar.
—¿Qué tenía de especial? —era momento de indagar.
—La hicieron con la piel de uno de ellos. ¿No escuchaste?
—¡Qué! No —confesé.
Ese «uno de ellos» llevaba por nombre William Burke, y ese artículo hecho con su propia piel, que quedó en mi memoria de forma inamovible, marcaba el fin de una de las olas de crímenes más macabras del siglo XIX.
La necesidad y la oportunidad
William Burke era un irlandés que, tras abandonar a su esposa, llegó a Escocia para trabajar como obrero.
Por azar de la vida conoció a su compatriota y tocayo William Hare, formando una amistad que terminaría de la peor forma debido a que ambos iniciarían un negocio tan rentable como escalofriante.
En aquel tiempo, la prestigiosa escuela de medicina de la Universidad de Edimburgo solo disponía de dos a tres cuerpos por año; un número bajísimo para las clases de anatomía que se impartían.
Esto se debía a que el Código Sangriento de Gran Bretaña había sido revocado gradualmente desde hacía unos años atrás y los cadáveres disponibles habían disminuido de forma abrupta.
Cuando todavía estaba vigente ese severo sistema legal, se castigaban más de doscientos delitos con la pena de muerte —incluyendo faltas tan simples como absurdas—, todo con el objetivo de proteger la propiedad privada.
Esos cuerpos eran cedidos a la ciencia, pues los jueces en 1751 habían dictaminado que los criminales ejecutados podían usarse para la disección, un destino que la sociedad consideraba cruel. Sin embargo, con la progresiva abolición, el escenario comenzó a cambiar.
Ante la necesidad, las instituciones educativas tomaron medidas urgentes que podían ser cuestionables dependiendo de la moral de cada persona: decidieron comprar cadáveres. Robar cuerpos de sus tumbas era considerado un delito de baja pena en Escocia, y el doctor y profesor Robert Knox lo sabía perfectamente.
El oficio de exhumar
Los «resurreccionistas» eran ladrones de cadáveres sin escrúpulos que saqueaban tumbas aprovechando la laguna legal de las bajas penas, para luego venderlos con fines académicos, tal como creería inocentemente el profesor Horace Slughorn al hablar con Tom Riddle.
Hay personas que para eximirse de culpa prefieren fingir demencia, otros inocencia y el doctor Knox era uno de aquellos. Ojos que no ven, corazón que no siente.
La guarida de la banda
Algunos afirman que los tocayos Burke y Hare se conocieron trabajando como obreros en un megaproyecto de construcción fuera de Edimburgo tiempo atrás. Otros dicen que Burke ya se había hospedado en el hostal de Margaret y que, por medio de ella, habría conocido al otro William.
Margaret Laird, la pareja de Hare, era una viuda que había heredado esa pensión de mala muerte en West Port, lugar al que fue a parar Burke junto a su pareja, Helen McDougal, buscando hospedaje.
Sea como sea que se conocieron, tal como dice el refrán: Dios los cría y el diablo los junta. El cuarteto estaba reunido y listo para cambiar sus vidas… y las de otros.
En Tanner’s Close, el hostal convertido en centro de operaciones, murió uno de los inquilinos por causas naturales. Era un exmiembro de la Armada que le debía dinero de arriendo a Hare. Las ideas llegan rápido, y las ilegales, aún más. Todos estuvieron de acuerdo: en lugar de enterrarlo, rellenaron el ataúd con tierra y corteza, mientras que el cuerpo real lo vendieron en sacos a Knox. Un trabajo limpio que los hizo ganar siete libras y diez chelines, equivalente a varios meses de salarios para la época.
Con la pequeña empresa establecida, Knox continuó recibiendo cuerpos frescos del cuarteto. La banda era eficaz. Hombres, mujeres, niños; una variedad digna de los mejores excavadores de tumbas. Los pagos de entre ocho a diez libras por cadáver lo convirtieron en un proyecto ambicioso. Knox hacía la vista gorda y los estudiantes aprendían, salvando el prestigio de la universidad. Todos estaban felices.
Siempre hay alguien que observa
El quiebre surgió cuando a la mesa de disección de la Universidad de Edimburgo llegó una cara demasiado conocida.
A la vista de los alumnos quedó el cuerpo sin vida de James Wilson, un joven de 18 años al que apodaban «el bobo Jamie», a quien su madre ya había denunciado como desaparecido. Los rumores crecieron en las calles, pero el académico Knox descartó apresuradamente que se tratara del querido joven cojo de la ciudad.
Por otro lado, las cosas en la pensión seguían su curso habitual. Pero siempre hay un día cualquiera que deja de ser un día cualquiera.
Los Gray, unos nuevos inquilinos, conocieron a Marjorie Campbell Docherty en Tanner’s Close. La mujer había sido citada por Burke bajo el engaño de que su madre también era una Docherty y que debían hablar del pasado. La jornada se alargó y James y Ann Gray estuvieron presentes en los espacios comunes más de lo que los emprendedores esperaban, importunando la interacción.
Entrada la noche, al acostarse, los Gray sintieron ruidos extraños y forcejeos. A la mañana siguiente, Burke se mostró inusualmente nervioso y no permitió que Ann se aproximara a una de las camas, lo que la hizo desconfiar. Más tarde, aprovechando que quedaron solos en la pensión, los Gray revisaron bajo las sábanas y descubrieron el cuerpo oculto de la mujer Docherty.
El escándalo comenzaba y la empresa se desplomaba.
Aunque hubo intentos de soborno con dinero por parte de Helen McDougal cuando los interceptó en la calle, los Gray corrieron a poner la denuncia ante la policía. Lo que demuestra que no todos en Edimburgo tenían una moralidad cuestionable.
Cambio en el giro y actividad económica
El negocio de un año de la banda de «resurreccionistas» más discreta de Escocia estaba por colapsar, pero no terminaría con tanta facilidad: cuando la policía se presentó finalmente en Tanner’s Close, el cuerpo de la mujer ya había desaparecido.
Los interrogatorios se centraron en Burke y Helen McDougal, quienes no se habían puesto de acuerdo con la hora en la que supuestamente se había marchado la mujer. Las contradicciones hicieron que la policía los arrestara.
¿Y Marjorie Docherty? Por supuesto que apareció. Su cuerpo fue encontrado en el despacho del académico Knox. Las autoridades habían recibido un mensaje anónimo que los guió hasta el lugar. Con el hallazgo también detuvieron a los cómplices William Hare y Margaret. El cuarteto estaba destinado a la quiebra.
Las víctimas del método burking
Fue entonces cuando la verdad se desenterró: Burke y Hare nunca habían tocado una pala. Sus clientes no venían del cementerio; salían directo de sus habitaciones.
La primera víctima real había sido Joseph, un molinero que estaba enfermo en el hostal. Lo emborracharon y después lo asfixiaron, una forma de matar que dejaba un mínimo de evidencia forense. Uno del cuarteto debía sujetar a la víctima, mientras el otro introducía sus dedos índice y medio en los orificios nasales para, con el pulgar, impedir que se oxigenara por la boca presionando la barbilla. Desde entonces, en la lengua inglesa se acuñó el verbo «burking» para referirse a la muerte por asfixia sin dejar marcas aparentes, un derivado directo del apellido de uno de los William.
Los enfermos de Tanner’s Close se agotaron rápido y comenzaron a buscar en las afueras. La pensionista Abigail Simpson fue invitada a pasar la noche en el hostal; un pasaje directo a la mesa de disección.
Las prostitutas Mary Paterson y Janet Brown también fueron captadas por Burke. Sin embargo, Helen se enojó y la discusión de la pareja forzó a Janet Brown a marcharse. Al día siguiente, le informaron que su amiga se había ido con Burke. Lo que era cierto, pero omitieron la información importante: también había ido a parar al laboratorio de Knox.
A Mary la siguió una mendiga conocida de Burke; una mujer a la que ayudaron a escapar de una detención; una anciana y su nieto; la señora Ostler; una pariente de la propia Helen; y Elizabeth Haldane, una antigua inquilina que pidió asilo en la necesidad. Meses después, también sería el turno de su hija, Peggy Haldane. Así continuó la lista hasta que llegaron a «el bobo Jamie» y la señora Docherty para poner fin a los días de riqueza.
Inmunidad y traición
El 6 de noviembre de 1828, los diarios esparcieron la escalofriante noticia. La sobreviviente Janet Brown se enteró al igual que el resto de la ciudadanía, comprendiendo de lo que había zafado, y colaboró identificando las prendas de su amiga Mary. Sin embargo, aquello era todo lo que la justicia tenía: la palabra de los testigos contra la de los acusados, quienes no habían dejado marcas físicas de sus crímenes.
Era hora de llegar a acuerdos. El pueblo clamaba justicia. Sir William Rae, jefe de los oficiales de Justicia de la Corona en Escocia, le ofreció un trato conveniente a William Hare: si testificaba en contra de su socio, recibiría inmunidad total. Hare aceptó.
La culpa legal recayó por completo en Burke. Fue sentenciado en diciembre de 1828 y colgado frente a una multitud enfurecida en enero de 1829. ¿Y su cuerpo? Donado a la ciencia, lógicamente. Los fines académicos siempre por delante; un poco de su propia medicina. Fue diseccionado públicamente y con su piel se fabricaron varios objetos, entre ellos la pequeña bolsa que hoy cautiva o aborrece a cientos de visitantes en Edimburgo.
Modificaciones, castigos y consecuencias
El académico Robert Knox perdió su prestigio. Pese a que Burke indicó en su confesión que el médico desconocía la procedencia de los cuerpos, la ciudadanía consideró que el incentivo económico del doctor fue el verdadero motor de las dieciséis muertes.
En cuanto a las mujeres del cuarteto, quedaron en libertad por falta de pruebas y se marcharon del país bajo el desprecio público. ¿Y Hare? De él existen distintas versiones, pero en todas se asegura que escapó de Escocia para refugiarse en la clandestinidad de Inglaterra.
Por lo ocurrido, el Gobierno británico decretó en 1832 la Ley de Anatomía, que permitió el suministro legal y regulado de cadáveres para las escuelas de medicina, destruyendo definitivamente el negocio de los resurreccionistas.
En aquel entonces, la prestigiosa revista médica The Lancet culpó al Gobierno por su negligencia y destacó irónicamente a Burke y Hare como «coautores» de la tardía ley.
Coautores o no, es correcto aseverar que sus delitos marcaron para siempre la historia de un país. Un caso donde solo uno de los implicados recibió el castigo eterno: el esqueleto de William Burke sigue siendo exhibido hoy al público en la Universidad de Edimburgo, sin descanso y sin sosiego.
Y así volvíamos a la frías calles de la ciudad, dejando atrás esa pequeña cartera de cuero humano, el tour debía continuar por la Old Town. Aún procesando lo visto, bajamos por Grassmarket. Una línea de pubs con nombres llamativos se asomó frente al pavimento que nos indicaba que estábamos por llegar al Covenanters’ Memorial, listos para conocer otra historia trágica que había tenido lugar más de cien años antes de que Burke y Hare decidieran hacer de las suyas en un hostal de West Port.


